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JUDAS: ¿TRAIDOR O MEJOR AMIGO?

October 22, 2019

No hay duda que lo que sigue cae dentro de lo que pueden considerarse especulaciones y teorías, donde la misma existencia de Judas es cuestionable. Aun así, me atrevo a presentar un escenario totalmente ficticio cuyo propósito es redimir la imagen negativa del apóstol descrita por los evangelios canónicos. Comenzando con Marcos, la malignidad de Judas va creciendo con el tiempo hasta llegar a un máximo de perversidad en Juan.  Ninguno de los cuatro evangelistas menciona el debate interno que debe haber ocurrido cuando Judas tiene que decidir entre los dictados de su corazón, lleno de amor por el maestro, y la obediencia a las instrucciones del adorado rabino. La historia que sigue, nos presenta esa alternativa.

 

 “Ese jueves, Judas se levantó temprano; como todos los días. Hoy, sin embargo, lo embargaba un presentimiento de que algo malo estaba a punto de ocurrir. El día se presentaba como un poema no terminado. La primera extrañeza es que el Maestro había adelantado un día la cena para celebrar la Pascua. Para Judas, adelantar esa solemne festividad, dedicada a honrar la época en la cual sus ancestros todavía vivían como esclavos en Egipto, tenía que deberse a que el rabino estaba anticipando su posible arresto por parte de los romanos, o de las autoridades religiosas. Para el caso, daba lo mismo; no había diferencias entre unos y otros. El pacto de convivencia y ayuda mutua funcionaba muy bien para ambos. No lo habían arrestado antes por temor a una rebelión auspiciada por los muchos seguidores del rabino. Una multitud de más de cinco mil personas lo seguía cuando entró a Jerusalén a lomos de un pollino. Judas había criticado acerbamente el hecho, por creer que alguien tan importante como Jesús, destinado a salvar a los judíos del yugo Romano, no debería haber escogido un medio de transporte que lo haría lucir como un payaso.

 

Después de finalizar sus oraciones matinales, hizo una revisión casual de los fondos apostólicos, de los cuales estaba a cargo. Ya el Maestro le había indicado que debía entregarlos a Simón: otro motivo para sospechar que algo impactante estaba por ocurrir. Desayunó ligeramente, y salió de la casa para hacer las visitas rutinarias a familias muy pobres que solo contaban con la ayuda infalible del apostolado liderado por Jesús. Su mayor preocupación era lo que ocurriría con los desposeídos que dependían de sus esfuerzos. Esa preocupación fue una de las razones por las cuales enfrentó a María, la Magdalena, esposa de Jesús, cuando esta decidió utilizar un aceite perfumado muy valioso para ungir los pies de su marido, cuando podrían haberlo vendido y, con esos recursos, ayudar a unas cuantas familias más.

 

El día transcurrió sin mayores novedades y pronto llegó el momento de acercarse hasta el lugar de reunión, la cual tomaría efecto, como siempre, en el piso superior de la casa que Jesús y María le habían comprado a María, la madre de Marcos. Ya el sol estaba comenzando a esconderse; apurado, deseoso de llegar a su lugar de descanso tan pronto como fuera posible. Trataba de esconderse detrás de las montañas como un león herido, sangrando tan profusamente que era fácil pensar que no regresaría. Lo contrario podría decirse de la luna, con prisa por aparecer en el cielo para que la acariciasen los dedos sin uñas de los árboles. Las sombras del atardecer subían lenta y cautelosamente por las paredes de las casas, como si tuvieran miedo a caerse.

 

Judas subió pausadamente las escaleras hasta alcanzar el estrado donde los sirvientes habían colocado vasijas con agua y toallas para el lavado de los pies. Le extrañó que María, quien siempre se encargaba de lavar los pies de las visitas, le manifestó que su esposo lo haría esta vez. Todas estas señales le indicaban a Judas que el Maestro tenía serios planes que compartir con sus apóstoles, con consecuencias de gran importancia que seguramente afectarían a todo el apostolado. Cuando entró a la sala, ya todos los asientos estaban dispuestos en el orden que María había seleccionado, y la mayoría de los apóstoles ya estaban sentados en los lugares determinados. Las excepciones eran el asiento a la izquierda del rabino, asignado por él, y el de la derecha, siempre ocupado por su esposa. En este día especial, el asiento de la izquierda correspondió a Judas, lo cual había ocurrido anteriormente, cuando la reunión trató asuntos relacionados con las finanzas del apostolado.

 

Judas le preguntó a María acerca de la ausencia de los sirvientes, a lo cual ella respondió diciéndole que los había enviado a sus casas por instrucciones concretas de su esposo, ya que los temas a tratar en la reunión no debían filtrarse a la población por ser de exclusivo interés para los apóstoles. Ya todos los presentes estaban murmurando acerca del cambio de itinerario con respecto a la cena de Pascua, y de las muchas señales precursoras de eventos importantes. La mayoría pensaba en el inminente arresto de Jesús por su comportamiento contra los mercaderes en el templo, y su exitosa entrada a Jerusalén.

 

María, servicial como siempre, los entretuvo con su educada conversación acerca de las Escrituras. Les comentó también de su infancia y juventud en Magdala, donde acostumbraba ir a su playa favorita para hablarle a la noche. Les explicó que la playa era una confidente a la cual podía contarle todo. Pensamientos que no compartiría ni con su mente ni con su alma. Les dijo que la playa le respondía a través de las reflexiones de la luna, cosa que ni el cielo ni las estrellas podían hacer. La charla concluyó cuando Jesús entró a la sala. Su aparición siempre infundía respeto por su majestuosa apariencia: la realeza presente en sus gestos, y en su manera de moverse entre la gente. Nada extraño, por cierto, ya que tanto él como sus padres, José y María, eran descendientes directos del Rey David.

 

Lo primero que el rabino hizo fue pedirles a todos que dejaran de hablar y especular por un momento. De seguidas, mientras Jaime mezclaba el agua y el vino, procedió a colocar una de las vasijas frente a Pedro, con la clara intención de lavarle los pies.

 

—Maestro, no puedo permitirte que hagas esto, – dijo Pedro, extrañado.

 

—Ustedes ahora no lo entienden, – respondió Jesús, dirigiéndose a todos – pero eventualmente comprenderán el significado de mis acciones.

 

Pedro, nervioso por lo que estaba ocurriendo, trató de hacer un chiste para quitarle seriedad al momento.

 

—Ya que estás en eso, porque no aprovechas y me lavas las axilas y la cabeza, que hace tiempo que no lo hago.

 

¡Nadie se rio del chiste! El Maestro sonrió ligeramente, pero continúo con el lavado como una demostración de amor fraterno. Luego prosiguió haciéndolo con cada uno de los apóstoles. Conociendo los métodos didácticos de su maestro, Judas se dio cuenta de que estas acciones eran una parábola para ilustrarles el sacrificio que estaba a punto de realizar y, al mismo tiempo, darles una lección de la humildad que debería caracterizarlos a partir de este momento. Acertadamente, Jesús estaba enseñando por medio de sus acciones algo que nunca podrían olvidar. Por estar sentado en el asiento a la izquierda de Jesús, Judas fue el último en permitir que el rabino le lavara los pies. En ese momento, María salió de la cocina, acompañada de Juan y de Felipe, trayendo unas bandejas con carne y pescado secos, así como abundantes frutas secas y pan. En la mesa ya estaban servidas cuatro vasijas de vino fresco mezcladas con agua, preparadas por Jaime, el hermano del Maestro.

 

Desde que Jesús comenzó a hablar, todos los presentes notaron que el mensaje tenía las características de una despedida.

 

—Esta posiblemente sea la última cena que compartiremos juntos mientras estamos vivos, – comenzó diciendo – la próxima tendrá lugar en el sitio que mi Padre nos ha prometido. Compartamos estos alimentos para que, de ahora en adelante, constituyan el único ritual. Visualicen este pan y este vino, como si fueran mi cuerpo y mi sangre. No más sacrificios donde se derrame sangre. De ahora en adelante, siempre que se reúnan, háganlo en mi nombre. Celebren como si yo estuviera presente. Ahora, oremos en silencio por unos momentos. Demos gracias al Padre por estos alimentos que estamos disfrutando.

 

Al final de la oración se dirigió de nuevo a los apóstoles y les dijo:

 

—Para que se cumpla la profecía relacionada conmigo, es necesario que uno de ustedes me traicione; me entregue a las autoridades. Sabiendo lo difícil que esto sería, he decidido asignarle esa labor a una persona a quien todos queremos, a quien le hemos confiado nuestras finanzas, y a quien confiaríamos nuestras vidas, si fuera necesario. Inmediatamente, se acercó a Judas y le susurró al oído algo que nunca sabremos.

 

Posteriormente, informó a todos la manera como debía producirse la traición.

 

—Las autoridades religiosas han ofrecido una recompensa de treinta monedas de plata para quien les dé información concreta de donde me encuentro. Judas irá al palacio de Caifás, y le dirá al capitán de los soldados que vamos a estar reunidos en Getsemaní, el jardín que se encuentra en el Monte de los Olivos. En ese momento, reclamará la recompensa ofrecida. Esas treinta monedas de plata le vendrán muy bien al apostolado. El no estará con nosotros esta noche, pero ese es el lugar donde oraremos juntos por última vez.

 

No hizo falta más, Judas interpretó con claridad meridiana las señales que el Maestro había estado enviando. Fresco en su memoria estaba el recuerdo de lo ocurrido hace pocos días, cuando se dirigían hacia Jerusalén. Poco antes de entrar a la ciudad, en lo alto del Monte Olivé, desde donde se podían divisar las edificaciones, Jesús detuvo el burrito, y a toda la caravana, para lamentar, con lágrimas en los ojos, la triste suerte de Jerusalén.

 

—El Padre me ha entregado a ti, Jerusalén, como su mejor regalo, - exclamó sollozando – y tú me rechazas. El Hijo del Hombre será sentenciado, muerto y sepultado en tu presencia, y tú ni siquiera lo lamentarás. ¡Qué dolor tan profundo siento por ti, ciudad querida!

Judas se sintió abrumado; se hundió en el asiento como si una carga pesada hubiera sido colocada en sus hombros. Recordó, sin embargo, todos los privilegios que el Maestro le asignó, sin merecerlos. Era el único apóstol que no era Galileo. Antes de unirse al apostolado era miembro de una banda de mercenarios, llamados “Los Asesinos,” cuyos objetivos eran matar Romanos y robarles sus posesiones. Eso no impidió que Jesús lo convirtiera en su hombre de confianza. Una gran melancolía embargó todo su cuerpo y su mente.

 

Obedecer los designios del Padre, y las instrucciones de entregar al Hijo para que fuera asesinado después de someterlo al atroz castigo que los romanos infligían a quienes violaban sus leyes, significaba que desde ahora y para siempre sería considerado un traidor. No sintió temor; sabía que tenía que ejecutar obedientemente la labor que su Maestro le había asignado. Sin embargo, su espíritu rebelde lo obligó a expresar sentimientos que estaban perfectamente alineados con sus pensamientos.

 

—Sé lo que tengo que hacer, y lo haré, - expresó con impetuosidad abrupta, y ojos húmedos – pero debo decirles a mis hermanos que no creo que este sacrificio contribuya en nada a nuestra causa. Debemos obedecer los designios del Padre y hacer que la profecía de Zacarías se cumpla; no obstante, este sacrificio solo servirá para que los romanos, los fariseos, y el populacho, disfruten de un espectáculo circense que no esperaban, donde va a quedar demostrado ante sus ojos que Jesús no era el Mesías que estaban esperando para que los liberara del yugo imperial.

 

Todos los ojos presentes estaban llorosos. Sentían como si una daga les hubiera atravesado el corazón. Nadie quería mostrar sus lágrimas, pero todos podían sentirlas. Las lágrimas del Maestro, en particular, parecían una lluvia tibia cayendo sobre las almas de los apóstoles. Nadie podía sobreponerse al eterno castigo que Judas tendría que soportar por los siglos de los siglos. Los apóstoles, uno detrás del otro, lo abrazaron indicando que cualquiera de ellos gustosamente ocuparía su lugar, sin pensarlo. Todos comprendieron que para que las fuerzas del mal fueran derrotadas eventualmente, era necesario que un hombre virtuoso encarara para toda la eternidad, el injusto veredicto de la humanidad. Nadie quería despedirse de Judas porque sabían que posiblemente no lo volverían a ver. Jesús, sin embargo, le indicó que se retirara a ejecutar la misión que le había sido encomendada, lo cual hizo, llorando en silencio. Se dio cuenta de la enorme pérdida que representaba saber que no vería más a sus amigos; mejor dicho, a sus hermanos de luchas e infortunios.

 

Todavía visiblemente afectado por la despedida que acababa de ocurrir, se dirigió al palacio de Caifás para cumplir las instrucciones que le habían sido dadas. Caifás no quiso recibirlo; lo envió a un funcionario de menor rango para que lo atendiera. Más que nunca, Judas se convenció de que la acción que estaba realizando llevaría al suplicio, crucifixión y muerte del hombre que lo había rescatado de una vida inicua. El rabino había sido su maestro y su inspiración a llevar una vida donde el desprendimiento y la bondad caracterizaban su comportamiento. Durante la última conversación con su Maestro, este le había susurrado al oído que no debía sentirse tan apesadumbrado porque si bien es cierto que moriría en la cruz, no era menos cierto que tres días después resucitaría de entre los muertos para mostrarse al mundo en toda su gloria y esplendor. Judas no pudo evitar comparar lo que inevitablemente iba a ocurrir, con una parturienta que sufre los dolores del parto, pero bien pronto los olvida ante la alegría inmensurable de tener en sus brazos la nueva vida que acaba de nacer.

 

Era poco lo que quedaba por hacer. Finalizó su reunión con Gecónida, el funcionario a quien Caifás designó para que recibiera las informaciones ofrecidas por él, y de ser meritorias, entregarle la recompensa por su traición. ¡Así fue! Judas recibió las treinta monedas de plata, las cuales envió por medio de un mensajero a Simón para que este las añadiera a los fondos apostólicos. Seguidamente, conversó largamente con el capitán de los soldados para que se dirigieran a la casa de Jesús y María, pensando que sus hermanos todavía estaban reunidos allí. A esa hora la ciudad estaba muerta de sueño, como si no tuviera intención de despertar. Al no encontrarlos, Judas les dio nuevas instrucciones para que fueran a Getsemaní. El capitán decidió buscar refuerzos para ir al Monte de los Olivos por temor a que Judas, no fuera el supuesto traidor y, por el contrario, fuera cómplice de una emboscada, para la cual el lugar estaba hecho a la medida.

 

Judas no consideró necesario participar con los soldados en el arresto del rabino, y decidió más bien retirarse a un lugar solitario donde se mantuvo por varias horas meditando en completo silencio. Por voluntad propia, no quiso ser testigo presencial del juicio ni participar en ninguno de los eventos que siguieron a la comedia judicial precursora de las torturas y posterior asesinato de la persona por quien sentía la más profunda adoración. Sabía que su amor por el Maestro duraría mientras su corazón palpitara, y después por la eternidad. Durante esos terribles días, se mantuvo alejado de la ciudad, revisitando los lugares donde Juan acostumbraba bautizar, tratando de domesticar su soledad. La única forma de mantenerla bajo control era recurriendo a sus recuerdos; solo así podía sentirse acompañado. Lloró millones de lágrimas, seguro que todo el dolor y sufrimiento causado por la muerte de su Maestro se mitigaría más rápidamente. Él no lo presenció, pero supo que había muerto una muerte lenta a manos de las personas a quienes amaba. Al final, se encontró en los brazos de su esposa, con las manos extendidas hacia arriba como pidiéndole al Padre una explicación por lo ocurrido. Sus ojos marrones claro, ahora sin vida, parecían continuar interrogando al espacio que lo rodeaba, como buscando la felicidad que parecía haberlo abandonado desde cuando era joven, alegre, e inspirado. Judas no estuvo allí, pero pudo escuchar el silencio de Jesús crucificado. Era tan palpable que parecía que él también hubiera muerto.

 

Caminaba por las noches tratando de recuperar el sonido de los pensamientos que pensó durante el día. Sabía que habían ido a un lugar donde podrían esconderse entre las sombras de su depresión. Es en uno de esos solitarios momentos, cercano al amanecer, cuando medita acerca de lo que siente cuando reza sin oraciones, y se pregunta si el Padre escuchará la música inmersa en su silencio y en la plegaria que no ha sido todavía concebida. Concluye que el hombre puede definir el objeto de su existencia preguntándose algo que no puede responder o intentando lograr una meta que no puede alcanzar. De pronto, escucha una voz que lo llama hacia ese lugar profundo, oscuro y sin tiempo hacia el cual no quiere ir. Se niega a descubrir las maravillas de lo desconocido, pero la voz lo increpa.

 

—Judas, voltea hacia este lado y reconóceme.

 

Al mirar hacia el lugar de donde procedía la voz, que parecía estar recitando oraciones, pudo ver la inefable figura del Maestro rodeada de un halo luminoso que lo hacía resplandecer como si el mismo sol estuviera naciendo de él.

 

—Maestro, - exclamó alborozado, mientras se dirigía apresurado hacia donde se encontraba Jesús, con la intención de abrazarlo.

 

—No puedes tocarme porque todavía no he ascendido al trono de mi Padre. Solo quiero pedirte que vuelvas a tus orígenes. Regresa a Judea, al pueblo de tus abuelos, ese donde naciste, el que nunca abandonó tu alma y siempre te acompañó. Háblales a todos de mi regreso a la vida. Allí deberás permanecer por toda la larga existencia que te espera. Tus hermanos no deben saber de este encuentro ni de tu destino. Permanecerás en la oscuridad hasta que mi Padre decida llevarte a su presencia, donde disfrutarás conmigo de una vida de eterna alegría. Hay un lugar allí que solamente tú puedes ocupar. Mientras tanto, sigue tu camino, hijo mío.

 

Muchos años después, Judas recordaría los eventos de ese día, para impedir que el olvido se apoderara de ellos. Tenía que hacerlo porque si no de qué manera iba a poder determinar que los eventos más importantes de su vida realmente ocurrieron. Ese día de la aparición fue uno de esos; el más feliz. Después de tantos años, todavía ruedan por sus mejillas lágrimas de alegría cuando rememora que el Maestro resucitado se mostró en su presencia con el único fin de aliviar sus dolores. Sin embargo, de ese encuentro solo quedaba el silencio de ambos. Olvidó lo que hablaron después, recordaba solamente el silencio. Sus recuerdos se limitaban ahora a saber que sus almas estaban unidas para siempre. El alma del Maestro y la suya conversando en un silencio absoluto.

 

Inmerso en sus lamentos, decide regresar a Judea. Sus pensamientos se adelantaban a sus pasos para llegar primero a los lugares que abandonó cuando en su corazón todavía seguía siendo un niño. Se detuvo un momento para escuchar los sonidos de esos recuerdos infantiles, y luego los de su rebelde juventud. Por momentos trató de recobrar los pasos que nunca regresaron; esos que se mantuvieron atrapados en su corazón, sin producir sensaciones. Los pensó intensamente, más y más, para llenar su corazón vacío con esos pensamientos, y de esa forma evitar su desgaste total. Una vez en Judea, sus correligionarios lo incitan a luchar nuevamente contra los invasores que todavía ocupan su tierra, y le suplican que se reincorpore, lo cual hace. Durante muchos años, continua la batalla revolucionaria contra el imperio ocupante. Reconoce que su tierra es un lugar donde la palabra libertad no tiene ningún significado. Un país donde todos, aun los romanos, son prisioneros. Su cuerpo y sus sentimientos caminaban constantemente hacia lugares adonde su alma no quería ir. Es por eso que nunca permitió que sus amigos miraran el dolor que escondía desde el día que contribuyó al asesinato de su Salvador. Durante esas batallas, pensaba en su Mesías como si estuviera a punto de regresar para lograr la victoria final sobre los invasores. En las noches calladas, podía escuchar el llamado silencioso del rabino, como si lo estuviera observando. El Maestro era el ojo de un huracán, listo para llevarlo consigo al lugar reservado. Cuando caía la lluvia, el sonido de cada gota sobre su tejado reflejaba los recuerdos, ahora distantes, de su apostolado.

 

Al final, la vida que nunca tuvo tranquilidad, la de un hombre que terminó vacío como un templo sin dioses, finalizó en un sueño profundo de indescriptible paz. Una carroza de sombras, conducida por ángeles de luz, finalmente apareció para llevarlo al lugar donde el sol se esconde. Su alma desafortunada ya no tenía que ocultar todos los pensamientos que llevaba consigo al destino todavía desconocido donde lo estaban llevando. Hacía ya muchos años desde que sus recuerdos dejaron de ser reales. Ya no podía reconciliar las imágenes en su mente con lo que en realidad ocurrió. Ya no luchaba una guerra que sabía destinado a perder.

 

El día que murió amaneció glorioso, iluminado por un sol radiante. La oscuridad trataba de quedarse en el humilde cuarto, porque expiró desnudo bajo una sábana que no podía calentar su cuerpo ya frio desde la noche anterior, cuando el calor lo abandonó sin decirle a dónde iba. Quienquiera que hubiera estado con él, habría presenciado la lucha entre la luz y las tinieblas que hasta el último momento batallaron por la posesión de su alma. Esa noche la luna quería estar sola, deseaba escapar de la compañía de millones de estrellas deseosas de abrazarla sin lograrlo, para acompañarlo al lugar prometido años atrás.

 

La muerte interrumpió la soledad del hombre que había aprendido a estar solo. Los presentes mantuvieron un silencio absoluto, como si quisieran escuchar la confesión del moribundo Judas. Un apóstol que nunca moriría porque se mantendría luchando por liberar su pueblo. Nunca se quedaría dormido para evitar que la muerte pudiera penetrar sus sueños. Nadie nunca lo buscó ni lo extrañó. Siempre estuvo solo y así quiso morir, pensando que sería mejor de esa manera. Después de todo, ya no podía recordar algún momento cuando no estuvo solo.

 

El hombre que dedicó su vida a la fiel adoración del salvador del mundo, su Mesías, entregó su alma al Creador cuando recién cumplía 97 años de edad.

 

Ignazio Giuseppe

 

Caracas, 9 de junio del 2019

 

 

 

 

 

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