ASESINATO NAVIDEÑO 25 Diciembre 2020

Actualizado: ene 22



Por pura curiosidad intelectual, comencé a leer algunos libros escritos por autores ateos – Richard Dawkins y Christopher Hitchens, entre otros – mentes científicas que han determinado "con certeza" que Dios no existe. No me di cuenta entonces, pero esas lecturas fueron semillas sembradas por el enemigo en un campo que resultó ser más fértil de lo que hubiera anticipado. Cerca de Navidad, decidí renunciar a mi cargo como Director de Juguetes para los Olvidados, una organización benéfica fundada para entregar juguetes y otros regalos a los niños cuyas direcciones ni Santa ni el Niño Jesús tenían en su directorio. Esas frustraciones, y muchas otras, me llevaron a cuestionar la existencia de Dios. Con el tiempo, abundante en mi aburrida parroquia, comencé a identificarme con la teoría de la evolución y la consiguiente negación de un Creador, inteligente o no. ¡Con mi ayuda inconsciente, Satanás ganó la batalla!


Fue en aquellos días que comencé a desafiar mis bien establecidas convicciones. Pasé de ser un defensor de los dogmas de mi fe a un relativista moral. Dejé de ver el cristianismo católico como una causa digna de ser defendida y la convertí en una postura académica. De repente, encontré explicaciones evolutivas para todos los aspectos fundamentales de la biología y el comportamiento humano. Poco a poco, reemplacé mis fundamentos religiosos por la filosofía humanista expresada por los autores de mis lecturas. Siendo miembro de la raza negra, me entristeció pensar que después de habernos liberado de nuestros amos blancos, decidimos adoptar uno similar. Así fue como me encontré sosteniendo la posición de que el universo pudo haber nacido sin intervención divina. Más en serio, concluí que la resurrección de Jesucristo no pudo haber ocurrido, porque cuando una persona muere, así lo sostuve, lo hace para siempre. A pesar de mi incipiente ateísmo, nunca tuve dudas sobre la historicidad de Jesús de Nazaret. Desde un punto de vista puramente histórico, mis estudios teológicos mostraban suficiente evidencia de un rabino judío llamado Jesús de Nazaret. Los romanos lo acusaron de sedición y lo crucificaron. Ante mi creciente incertidumbre, decidí solicitar una entrevista con mi superior, el obispo José Manuel Valladares, para que nominara alguien que asumiera mis responsabilidades en la fundación que dirijo, y para plantearle la posibilidad de renunciar al sacerdocio. Sin que yo lo supiera, estaba siguiendo las instrucciones de Satanás al pie de la letra. Ahhhhh, olvidé decirles que soy un sacerdote católico ordenado en la Santa Sede hace más de diez años.


El obispo Valladares era un hombre de baja estatura, calvicie avanzada y obesidad incipiente. El punto culminante de su apariencia fueron las mejillas rosadas y la blanca barba que le daban una apariencia que hacía que uno reemplazara mentalmente su imponente atuendo de obispo con un traje de San Nicolás.


−Domingo Luis – me dirigió una mirada incrédula al entrar – entiendo que quieres dimitir como Director Ejecutivo de la JO. ¿Recuerdas por qué la fundamos?


−Sí, claro que sí. Empezamos porque para San Nicolás y el Niño Jesús, las direcciones de los niños pobres, eran inexistentes. Escuchamos los lamentos de aquellos niños que estudiaron y se comportaron bien todo el año, llenos de expectativas porque pensaron que iban a recibir los regalos de Navidad que deseaban. Lamentablemente, descubrieron que Santa y el Niño Jesús pasaron por alto sus hogares para entregar los juguetes en las casas de los niños ricos, sin importar lo mal que se hubieran portado. En ese momento, recuerdo que usted y yo conducimos una camioneta por los barrios pobres de la ciudad entregando los juguetes que habíamos recogido durante todo el año. Recuerdo con mucho orgullo esos tiempos, Monseñor.


−¿Crees que al diablo le gustó tu trabajo en la fundación? ¿Lo aprobó Satanás? ¿Está triste o feliz por tu renuncia? Luego, hazte las mismas preguntas, pero reemplazando a Satanás por Dios. ¡Piénsalo! Creo que el diablo está detrás de tu decisión de abandonar una misión que hace años decidiste que valía la pena, hijo mío. ¿Has considerado quién dirigirá a Juguetes para los Olvidados? Piensa en los cientos de niños que se quedarán sin un regalo en esta Navidad.


−Este es un punto sobre el cual quería hablarle, Monseñor; no me preocupa. Millones de niños en todo el mundo no recibirán un regalo esta Navidad, con o sin nuestra fundación. No es mi culpa. Nuestro Dios todopoderoso, si existe, es quien debe asegurarse de que no sea así.


Me sorprendió oírme pronunciar esas palabras. Durante más de siete años, trabajé diligentemente para conseguir juguetes, ropa y muchas otras cosas para los niños que San Nicolás y el Niño Jesús olvidaron. Ignoraron sus cartas, evitaron entrar a esos hogares, se desviaron. Mi mente siempre trató de entender los sentimientos de esos niños. Cómo explicar algo que a mí me resultaba difícil entender. Me decepcionó un Dios que podía ser tan cruel con niños que desesperadamente trataban de complacerlo para terminar envidiando a otros niños. Esos que, sin merecerlo, recibían todo lo que pedían y más, simplemente porque podían permitírselo.


−Lo que estamos haciendo, hijo mío, no es diferente del trabajo de la golondrina que intenta extinguir el incendio forestal con la gota de agua que lleva en su piquito. Sabe que no va a lograrlo sola, pero lo intenta una y otra vez; está haciendo su parte. No podemos penetrar en la mente de Dios, y mucho menos entenderla. Si te quedas o no, JO continuará. ¡No abandonaremos a esos niños! Dejando eso a un lado por un momento, ¿es cierto que tienes dudas sobre el principal fundamento de nuestra fe? ¿Qué ya no crees en la resurrección de nuestro Señor y en otras cosas?


−Últimamente, he tenido serias dudas en ese sentido, y siento que debo ser honesto conmigo mismo y con usted, Monseñor.


−Déjame hacerte unas preguntas. Si no puedo convencerte de la veracidad de lo que pasó en Jerusalén hace más de 2000 años, estaré de acuerdo contigo en que debes abandonar nuestra religión. La resurrección, hijo mío, es el fundamento más importante de nuestra iglesia. Sin un Cristo resucitado, el cristianismo no existiría. ¿Estás de acuerdo?


−Sí, Es evidente. Lo sé.


−Muy bien, permite que te haga una pregunta. ¿Crees que Poncio Pilato juzgó, azotó y luego crucificó a Jesús de Nazaret?


−Sí, Monseñor, lo creo. Hay muchas evidencias históricas al respecto. Los hechos así lo atestiguan.


−Permíteme refrescar tus conocimientos, relatándote los acontecimientos que ocurrieron después de su muerte, y quiero que me detengas cuando haya algo en mi historia que no creas o tengas dudas de que haya ocurrido. Quiero llevarte de vuelta a esos momentos, cuando eras niño y luego en el seminario, para recordarte la historia que aprendiste. Necesito determinar dónde está la intersección en la que nuestros caminos se separan. ¿Estás de acuerdo?


−Por supuesto, Monseñor. Deseo alinear mis pensamientos actuales con la voluntad divina, si es que existe tal cosa.


−Muy bien, empecemos. Mientras el cuerpo de Nuestro Señor todavía estaba en la cruz, sufriendo los dolores indescriptibles de la crucifixión, dos miembros prominentes del Sanedrín, José de Arimathea y Nicodemo, le pidieron permiso a Pilato para enterrar el cuerpo. Inmediatamente después de la muerte, un par de soldados bajaron a Jesús de la cruz. En lugar de tirarlo a los cerdos en la fosa común, o a las llamas eternas del basurero de Jerusalén, lo colocaron en los brazos de su madre. Visualízalo ahora, Domingo Luis; yace en el regazo de su madre con los brazos extendidos, las palmas hacia arriba, como si le pidiera al Padre una explicación por lo sucedido. Aunque entendió las razones, nunca justificó por qué su Padre Todopoderoso no pudo encontrar otra manera de lavar los pecados del mundo. ¿Puedes verlo?


−Sí, Monseñor. Me entristece recordar esos momentos, pero puedo visualizarlos.


−Ahora, trajeron el cuerpo a la tumba que José de Arimathea había preparado para sí mismo. María Magdalena, el apóstol Juan, y otras mujeres cercanas a Jesús, acompañaron el cadáver a la tumba donde descansaría por el tiempo establecido en los rituales. Deben apresurarse porque el día de reposo está llegando, y ese día es sagrado para los judíos. Todas las actividades, excepto las religiosas, están prohibidas por las autoridades. Representantes de Caifás y Pilato sellaron la tumba empleando una roca en forma de rueda para evitar que nadie entrara o saliera de ella. Las autoridades, religiosas y civiles, desconfiando unos de otros, colocaron guardias frente a la tumba para impedir que alguien pudiera interferir con el proceso de entierro y cuidado del cadáver. Recuerda que había rumores, basados en el Antiguo Testamento, de que Jesús resucitaría. Ni los judíos ni los romanos querían que eso sucediera. ¿Vamos bien hasta ahora?


−Sí, monseñor, todo lo que me está explicando es lo que recuerdo de mis estudios.


−Bien, sigamos adelante. El domingo por la mañana, María Magdalena y otras mujeres amigas del rabino se dirigen a la tumba para lavar el cuerpo y ungirlo con aceites perfumados, como lo requieren las costumbres y tradiciones. En el camino, se encontraron con un grupo de soldados, los que custodiaban la tumba, que corrían hacia la ciudad, con expresiones de terror en sus rostros, como si algo los estuviera persiguiendo. Estas ingenuas mujeres no entendían lo que estaba pasando y corrieron a la tumba. Cuando llegaron allí, la encontraron abierta y vacía. Mi querido Domingo Luis, la tumba vacía es una de las pruebas más contundentes de que Jesucristo resucitó de entre los muertos. ¿Estás de acuerdo?


−Sí, por supuesto, sí; sin embargo, aquellos que no creen que la resurrección haya ocurrido han aventurado dos teorías principales: una, que alguien robó el cuerpo de Jesús porque los soldados que custodiaban la tumba se durmieron, o que las mujeres y los discípulos confundieron con otra la sepultura de Jesús. ¿Qué puede decirme sobre esto?


−La primera especulación tiene poca base porque ni los judíos ni los romanos tenían razones para robar el cuerpo de Cristo. Por otro lado, los apóstoles eran demasiado cobardes para enfrentarse a los guardias romanos, que custodiaban la tumba para evitar que tal cosa sucediera; debes recordar que la pena por permitir que ocurriera era la muerte. Y, francamente, quién puede creer que 24 soldados se durmieron al mismo tiempo. En cuanto a la segunda, las mujeres que encontraron la tumba vacía habían estado presentes cuando lo enterraron; sabían dónde estaba la tumba de José de Arimathea. Incluso si hubieran ido a la tumba equivocada, los miembros del Sanedrín habrían mostrado el cuerpo, extraído de la tumba correcta, para desacreditar a aquellos que estaban difundiendo el rumor de la resurrección. A pesar de los mejores esfuerzos de las autoridades, nunca encontraron el cadáver. Ofrecieron recompensas a aquellos que pudieran proporcionar información sobre el paradero del cuerpo de Jesús, sin resultados. Además, las vestiduras del cadáver estaban en la tumba, nítidamente colocadas sobre la piedra, lo que descarta la posibilidad de que fuera obra de ladrones de tumbas. Las mujeres declararon que un ángel les dijo que Jesús había resucitado de entre los muertos.


−Allí parece que tenemos un gran problema porque la credibilidad de las mujeres no era muy alta.


−¡Sí, tienes razón! Al principio, los Apóstoles no creyeron en la historia contada por María Magdalena y las otras mujeres. Sin embargo, el testimonio de las mujeres es una prueba adicional de la veracidad de los Evangelios en términos de evidencias históricas. En una historia inventada, los judíos nunca habrían presentado a mujeres como las protagonistas del evento. En aquellos tiempos, los tribunales ni siquiera aceptaban los testimonios de las mujeres. Eran ciudadanos de segunda en tiempos bíblicos.


−Puedo aceptar eso, Monseñor, pero ¿hay algo que corrobore que la tumba fue encontrada vacía?


−¡Por supuesto, claro que sí! El hecho de que tanto las autoridades judías como las romanas denunciaran que los apóstoles robaron el cuerpo para justificar la historia de la resurrección, junto con los intentos fallidos de localizar el cadáver, corroboran que la tumba fue encontrada vacía.


−Está bien, lo entiendo, pero eso no prueba que Jesús regresó de entre los muertos.


−¡Eso es cierto! Te daré otra buena razón; la tumba vacía no lo prueba si es la única evidencia. Pero si acompañamos este hecho con las muchas apariciones documentadas de Jesucristo a diversas personas y entidades, se demuestra plenamente que la resurrección ocurrió. Fue visto vivo después de la muerte. Eso es lo importante. La historia bíblica nos dice que se apareció por primera vez a María Magdalena y a otras mujeres, lo cual no es sorprendente porque Jesucristo siempre tuvo un gran respeto por las mujeres, y creo que por eso las eligió para mostrarse por primera vez. Contrariamente a sus deseos, los evangelistas no tuvieron más remedio que informar de lo sucedido, tal cual como sucedió, incluso si lo consideraban un acontecimiento humillante.


−Sí, pero incluso eso pudo haber sido una mentira de las mujeres, que, según Josefo, un historiador del siglo primero, eran tan deficientes mentalmente que nadie creía lo que decían.


−¡Así es! Sin embargo, considera lo siguiente: ¿Qué tan difícil habría sido para los torturadores romanos extraer información precisa de los apóstoles o de los otros seguidores de Jesús, incluidas las mujeres que descubrieron la tumba vacía? Los romanos eran expertos en la materia. Nadie podía resistirse a las torturas infligidas a sus víctimas cuando querían revelar algo. Pero lo que es más importante, debemos tener en cuenta la participación de los apóstoles. El hecho de que estos hombres, que hasta entonces se habían comportado como una banda de cobardes, de repente se transformaron en personajes valientes y corajudos, merece una explicación. De un día para otro, gracias a la resurrección, se convirtieron en hombres obsesionados y llenos de fe. Cuando se produjo el arresto de Jesús y su posterior crucifixión, los apóstoles corrieron a esconderse en los sótanos de familiares y amigos en Jerusalén, aterrorizados porque posiblemente serían los siguientes crucificados. Sucedió algo que los transformó de cobardes en valientes predicadores. Cualquiera que entienda cómo funciona la naturaleza humana sabe que las personas no cambian tan radicalmente, excepto cuando sucede algo de enorme importancia psicológica. En este caso, el evento causante de esa conversión es que su maestro y líder se levantó de entre los muertos. Te recuerdo que se le apareció por primera vez a María Magdalena. Luego se apareció a dos de sus seguidores y compartió una comida con ellos. Su siguiente aparición fue en la congregación de la Iglesia Griega. Más tarde, se mostró a su hermano Santiago, y luego a los apóstoles reunidos en el salón donde tuvo lugar la última cena. Su manifestación fue tan increíble que uno de los apóstoles, Tomás, no creyó que era Jesús y le pidió que lo probara, lo cual hizo. Más tarde se mostró a sus discípulos en las orillas del Mar de Galilea, donde compartió un desayuno de pescado asado y luego lo hizo de nuevo en el Monte de los Olivos. Su aparición más dramática fue ante unas 500 personas, "muchas de las cuales todavía viven", según el testimonio del apóstol Pablo en su carta a los corintios, donde esencialmente retó a quienes dudaban a que se pusieran en contacto con esas personas y, de ese modo, verificar la veracidad de la aparición y, en consecuencia, la resurrección.


−Sin embargo, Monseñor, algunos creen que estas apariciones de Jesucristo fueron alucinaciones causadas por el impacto de su crucifixión.


−Estas suposiciones nos demuestran la desesperación de aquellos que quieren negar la historicidad de la resurrección. Te daré un ejemplo: Un barco con varias personas a bordo naufraga. Uno de ellos grita que se acerca una nave a salvarlos. Todos los náufragos miran hacia el lugar indicado por quien los alertó, pero nadie ve nada. La persona que gritó está alucinando. Pero si cuando voltean oyen y ven la nave acercándose, están a punto de ser salvados. Este ejemplo contradice a quienes lanzaron al aire la idea de que estas apariciones no eran más que alucinaciones, lo cual no es sostenible porque las alucinaciones son fenómenos individuales. Pequeños y grandes grupos fueron testigos del Jesús resucitado. Todos los presentes lo vieron, y algunos, como Tomás, incluso lo tocaron, mientras que otros lo vieron comer. Otra evidencia en contra de la teoría de las alucinaciones es que cesaron después de que Jesús ascendió al cielo.


−Mencionaste a Santiago, hermano de Jesús. ¿Por qué no se habla de esto en nuestros estudios o en nuestras prácticas?


−Espero que entiendas que nuestras enseñanzas sobre la Virgen María afirman su virginidad; por lo tanto, aunque los textos bíblicos los mencionen, debemos tratar de encubrir la presencia de estos hermanos y hermanas para preservar la pureza de María. El caso de Santiago es de gran valor histórico y anecdótico. Mientras Jesús estaba vivo, Santiago no creía que fuera el Hijo de Dios; era su hermano. Después de la aparición, el escéptico se convierte en un creyente, asciende rápidamente las filas del nuevo movimiento cristiano, y se convierte en el líder indiscutible de las iglesias de Jerusalén. Este cambio en Santiago ocurre porque Jesús se le apareció. Imagínate por un momento la reacción de Santiago cuando vio a su hermano vivo y saludable. Finalmente, el hermano del Señor fue apedreado hasta la muerte por dejar de insistir en la veracidad de la resurrección y su fe.


−Me parece increíble que haya olvidado todo esto y sacrificado mis creencias para darle credibilidad a teorías que carecen del mismo valor histórico.


−Mi querido Domingo Luis, lo más dramático de todo es que los apóstoles permanecieron ocultos durante todo el drama de la pasión y muerte de Jesucristo por temor a correr el mismo destino que su Maestro. Sin embargo, esa banda de cobardes sale de pronto a celebrar la resurrección de su líder sin miedo a morir. Con excepción de Juan, todos ellos murieron muertes horribles, como mártires. Ninguno de ellos retractó su historia sobre la resurrección de Jesús. No hay precedentes en los registros históricos donde tantos hayan sacrificado sus vidas por una mentira, por una historia inventada. Habiendo visto al Cristo resucitado, Pedro y los demás apóstoles salieron de sus escondites para predicar la resurrección de Jesucristo sin temor a lo que les pudiera pasar. Dejaron de esconderse porque reconocieron la verdad. Finalmente, descubrieron que Dios el Padre validó las afirmaciones que su hijo proclamó en vida, cuyas supuestas blasfemias le valieron una muerte humillante. El Jesús resucitado demostró ser el Hijo de Dios que vino a lavar los pecados del mundo.


−Por supuesto, a partir de ese momento, la nueva iglesia se desborda y crece más allá de cualquier predicción.


−¡Correcto! Santiago, Pedro y los demás apóstoles fueron misioneros eficaces porque la gente podía notar que eran hombres honestos que creían firmemente en lo que predicaban; fueron testigos de la resurrección. Gracias a la sinceridad de estos testimonios, la iglesia cristiana tuvo un crecimiento exponencial, expandiéndose a Roma y más allá. Al igual que los 500 descritos por Pablo en su carta a los corintios, estos testigos vivientes le contaron la historia a familiares y amigos; es imposible determinar cuántas personas fueron conscientes del hecho. La verdad es que han transcurrido más de 2000 años, e incluso ahora, esos encuentros con Cristo resucitado siguen cambiando vidas. La Madre Iglesia te pide, una vez más, que analices los hechos que hemos revisado para que tu fe renazca. No una fe ciega, sin fundamentos históricos, sino una creencia basada en acontecimientos demostrables que ocurrieron e impactaron a la generación que vivió entonces de tal manera que después de 2000 años, el mensaje todavía perdura.


−En gran medida gracias a las técnicas proselitistas del apóstol Pablo. ¿No es verdad?


−La conversión de Pablo es una prueba más de la veracidad de la resurrección. El cambio que ocurrió en la vida de Pablo no tiene parangón en las historias bíblicas. Saulo de Tarso era un agresivo perseguidor de los miembros de la naciente iglesia cristiana. En su camino a Damasco, donde debía arrestar y posiblemente ejecutar a ciertos cristianos, Jesucristo se le apareció. Jesús le preguntó: "¿Por qué persigues tanto a mi pueblo?" Inmediatamente después, Pablo se convirtió en uno de los misioneros más fervientes del cristianismo. Cinco veces fue azotado cruelmente, tres veces salvajemente golpeado, casi se ahoga en tres naufragios, fue apedreado, y pasó años de extrema pobreza, soportando el desprecio de sus enemigos. Finalmente, el Emperador Nerón lo decapitó porque el Apóstol se negó a renegar de su fe en Jesús. ¿Qué puede causar que una persona con los antecedentes de Pablo se someta a tal tortura? ¿Para defender una mentira? Es mucho más creíble inferir que tanto Pablo como los demás apóstoles estaban dispuestos a hacer esos sacrificios extraordinarios porque fueron testigos de la resurrección de Jesucristo; por lo tanto, todas las promesas que hizo durante sus prédicas, incluido el Reino Prometido, se harían realidad. Todos estos apóstoles, y seguidores de Cristo, se sacrificaron porque estaban seguros de que la resurrección de Jesús era un hecho histórico, no una historia inventada. La tradición nos dice que diez de los apóstoles murieron como mártires, al igual que Pablo. Cientos, tal vez miles de cristianos, murieron en circos y prisiones romanas por defender sus creencias. En los siglos venideros, miles más han muerto porque también creen que la resurrección ocurrió a pesar de que no la presenciaron. Incluso hoy en día, en países hostiles al cristianismo, miles de cristianos son perseguidos porque su fe les dice que Jesús regresó de entre los muertos.

−¿Hay alguna razón para que me haya detallado esos eventos?


−¡Por supuesto! Todo lo que te he dicho ha sido con la intención de hacerte aceptar la historicidad del relato bíblico. Con algunas variantes, los cuatro evangelios incluidos en el Nuevo Testamento describen los mismos acontecimientos. Para reafirmar la veracidad de los acontecimientos, los personajes seleccionados para ocuparse de los arreglos funerarios de Jesús eran miembros prominentes del Sanedrín. Una historia inventada no habría elegido a dos miembros de la corte que lo condenó a morir para ser los responsables de su entierro.


−Sus argumentos son convincentes, Monseñor. Creo que la evidencia es amplia y contundente para concluir la realidad de la resurrección. Admito que me equivoqué. Nunca más dudaré de la divinidad de Jesucristo, ni de su resurrección.


−Me alegra que refrescar tus conocimientos de los fundamentos de nuestra fe hayan hecho renacer tu fe. ¡Dios te bendiga, hijo!


Al final de la entrevista, me retiré del imponente edificio episcopal y me dirigí a un restaurante cercano para comer algo y seguir reflexionando sobre todo lo conversado con Monseñor. Ocupando el primer lugar en mi mente, los miles de juguetes que entregaría en los días antes de Navidad. En total abstracción, comencé a cruzar la calle sin darme cuenta del monstruoso camión cuyo conductor, obviamente poseído por un Satanás infeliz a quien no le había gustado el resultado de la entrevista, aceleró hacia mí para asegurarse de que no sobreviviera el impacto. En ese momento, escuché una voz estruendosa que me decía: "No puedes romper la promesa que hiciste. Tu alma me pertenece, y la estoy tomando.”

14 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo